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miércoles, 6 de marzo de 2013
Ella.
Ella se aburrió. Era algo que tenía por costumbre. Era algo que hacía con todo. Aburrirse. Necesitaba novedad, renovarse, cambiar. Organizaba su armario cada dos por tres y se compraba ropa nueva muy a menudo. Su habitación tenía más capas de pintura de las que ella podría enumerar. Un día quería estudiar y otro no. Otros días tenía una opinión determinada sobre una persona y otro día pensaba algo diferente. Pero era feliz. Y esa sensación de tener que renovarse a cada minuto la hacía todavía más feliz porque no le importaba nada. Le importaba ella. Le importaba recorrerse cada centímetro de la Tierra y en su pared colgaba un mapa con todos los destinos que quería visitar. Quería estudiar una carrera, quería hacer tantas cosas que no podría recordarlas todas en lo que él tardaba en fumarse un cigarrillo. Cambiaba de opinión de forma frecuente. Pero podría chillarlo a los cuatro vientos, podría gritarlo desde cualquiera de los lugares que quisiera ver. Era feliz. Era tan feliz que le dolía e iba a seguir siéndolo mucho tiempo.
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