Ella lloraba entre sus sábanas mientras él se diluía entre abundantes litros de alcohol. Ni las lágrimas ni el alcohol fueron nunca motivo suficiente como para levantarse al día siguiente separados. Tal vez se querían de verdad. Tal vez ella se acostumbró a mirar el lado vacío de su cama con los ojos entrecerrados a las cinco de la mañana. Se acostumbró a desilusionarse porque él no estaba. Él nunca se acostumbró a su ausencia. Le faltaba ella y eso ya era motivo suficiente para que los días no empezasen y punto. Pero a veces el orgullo es un gran enemigo y no nos permite llegar a donde queremos. Porque él pasó por delante de su puerta mil veces. Pero nunca se atrevió a llamar. No se atrevía a dar el paso. A pedir perdón. Tenía miedo. Miedo a verla otra vez. A sentir en sus ojos el mensaje a medias que equivaldría a una frase completa. Miedo a escuchar un "ya no te quiero". Ella le tenía verdadero pánico a una sombra que aún no había visto. Tenía miedo a marcar su número y que no cogiese él. Tenía miedo de que cogiese otra "ella". Un tercero. Una persona a la que ella temía. Pero un día el destino hace de las suyas. Así, por azar. Ninguno de los dos se lo esperaba. Simplemente, sus miradas se cruzaron en un lugar especial para las dos, sin haberlo preparado.
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