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sábado, 9 de marzo de 2013

Explícaselo.

Ella suspiró y él la miró, con tristeza, con palabras en su mirada que ya no merecía la pena pronunciar, ya no quedaba nada por decir. Ninguno de los dos rompió el inestable silencio que se había creado. Los dos tenían miedo de decir algo, porque lo único que quedaba por decir era un adiós. Lo único que quedaba por expresar era una despedida. Una despedida definitiva, no sería solo un "adiós" sería un "hasta nunca" en toda regla. Las cosas no podían terminar sin un final y los dos deseaban que aquel no fuese el suyo, el de los dos, pero lo era. Intercambiaron una mirada suplicante. El deseo de encontrar algo que decir. El deseo de encontrar una solución. Ya no había nada. Ni entre ellos, ni entre aquellas cuatro paredes. Se acabó. Así. Ella tendría que volver a sus sábados por la mañana estudiando con un vaso de leche en una esquina de la mesa y él tendría que volver a descargar todo lo que le pasaba en los cigarrillos, entre litros de alcohol. Porque ya no queda nada. Porque cuando hay problemas, cuando el amor te da la espalda, la gente vuele a donde estaba antes, a donde estaba cuando aún no conocía el amor. Vuelven a la ignorancia, a los desahogos fortuitos, a las sonrisas simples y a los suspiros por mero cansancio. Después de la desilusión, la gente olvida cuando jadeaba de amor y no de extenuación. Finge que no recuerda el momento en el que no veía la cara de otras personas porque solo veía a una. Se deshacen de todo lo que se les recuerda al amor y se van a cama para recuperar el sueño que anteriormente gastaron amando.

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